Estrategias de propaganda para difundir las terapias basadas en evidencias (y otras ideas “verdaderas”)

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En varios posts anteriores he remarcado la importancia de que las intervenciones que llevamos a cabo y nuestro conocimiento sobre las diferencias en el desarrollo se basen en las mejores evidencias disponibles. Lamentablemente, esto no es lo que sucede siempre. De hecho, las terapias e intervenciones ineficaces tienen una gran cantidad de seguidores. ¿Por qué? En parte es un problema de comunicación de los que nos dedicamos a la ciencia y la investigación: no somos capaces de transmitir adecuadamente los últimos avances y romper con los mitos que imperan en la sociedad. Esto, al parecer, no es únicamente un problema del mundo de los trastornos del desarrollo o de la Psicología. Un campo en el que se da mucho, por ejemplo, es en el del cambio climático. Los investigadores del cambio climático, la inmensa mayoría de los cuales están de acuerdo en que la humanidad juega un papel en el aumento paulatino de las temperaturas en nuestro planeta, no logran acabar con las teorías conspirativas que argumentan lo contrario. John Cook y Stephan Lewandowsky (1), dos de estos científicos, han elaborado un manual corto y muy interesante sobre cómo abordar el problema de la desinformación. Me he permitido extraer sus ideas principales y adaptarlas a nuestro campo. De paso, me sirvieron para dar una clase pública el pasado día 30 en una estupenda actividad organizada por los estudiantes de las universidades sevillanas que protestan por los recortes y medidas en la enseñanza superior española (aquí unas fotos del evento). Allí, mi charla se titulaba “Estrategias de propaganda que todo el personal investigador debe conocer”, pero el contenido era básicamente el que os cuento aquí.

Las bases del problema
En primer lugar, es necesario comprender que, pese a que la mayoría de las personas quieren saber más, no tienen ningún deseo de cambiar sus ideas sobre el mundo en general o sobre un tema en concreto en particular. Con esto es necesario contar, nos guste o no. El modelo simple de que las personas sostienen ciertos mitos porque carecen de información no es del todo acertada. Cuando los divulgadores creen que esto es así, recurren a simplemente proporcionar más información: es el llamado “modelo del déficit de información”. Más conocimiento es la solución.
Pero esto no resuelve la existencia de mitos e ideas erróneas. No funciona porque el problema no es cuánto sabe la población en general sobre un tema, sino cómo lo sabe y cómo llega a pensarlo. Por encima de todo, es necesario tener en cuenta cómo responde a la llegada de nueva información. Cook y Lewandowky resumen muy bien los efectos de los mecanismos psicológicos que impiden acceder a la información adecuadamente y distorsionan nuestra comprensión de ella. Os resumo a continuación algunos de sus principios – los axiomas del buen propagandista científico.

El problema del efecto de familiaridad
El primer problema está en que, cuanto más familiar es una idea, más tendemos a aceptarla. Y algunos de los mitos son ya muy familiares y por tanto aceptados. Nuestra contraargumentación, por desgracia, puede simplemente contribuir a incrementar su presencia en la mente colectiva.
En un experimento que se realizó para contrastar esta idea, se les presentó a un grupo de personas una lista de datos verdaderos y falsos sobre las vacunas contra la gripe. Preguntados inmediatamente tras la lectura, la mayoría de las personas sabían distinguir unos de otros. Ahora bien, 30 minutos después, algunas incluso obtenía puntuaciones peores que antes de leer la información, debido a que recordaban los datos, pero no cuáles eran verdaderos y cuáles falsos. Por tanto, lo mejor es no mencionar el mito siquiera. Desde luego, no encabezar la información escrita con un titular que aluda a la idea errónea (“Las vacunas no causan el autismo”, por ejemplo). Lo importante es resaltar la información que deseamos transmitir, los hechos y los datos primero.

El problema de la sobrecarga
Otro efecto indeseado se logra al proporcionar demasiados argumentos. La información sencilla, directa y más fácil de procesar se tiende a aceptar más fácilmente como verdadera.  Por tanto, aportar más argumentos no es necesariamente mejor. Porque un mito sencillo es más fácil de comprender, recordar y aceptar que una verdad compleja. Hagamos la verdad sencilla también. Lo contrario puede tener efectos negativos.
Hay muchas maneras de simplificar y facilitar la comprensión de los mensajes: utilizando un lenguaje conciso, frases cortas, y subrayados. Aunque parezca sorprendente, este es uno de los efectos más  difíciles de evitar para los expertos.

El problema de las emociones
La tercera dificultad tiene que ver con los aspectos más emocionales e inconscientes de nuestro procesamiento de la información. No solo conocemos con la mente, también con el corazón. Hay dos mecanismos que entran en juego aquí: el sesgo confirmatorio y el desconfirmatorio. Los dos tienen que ver con el hecho de que, aunque nos den cierta información, podemos procesarla de un modo sesgado.
Por una parte, cuando nos encontramos con un gran volumen de información, tendemos a quedarnos solo con los datos que confirman lo que ya pensábamos. ¿Y si no hay información que pudiera servir para confirmar? Entonces nos dedicamos a producir y generar argumentos contrarios. El efecto inmediato es nuestra información puede acabar logrando que los oyentes o lectores refuercen sus ideas previas.
Por tanto, debemos presentar los mensajes de un modo que reduzcan la resistencia y no supongan una amenaza directa al modo de pensar o los esquemas previos de nuestros destinatarios. Por ejemplo, utilizando términos y enfoques que no produzcan de modo inmediato una contra-reacción. Por ejemplo, decirles a muchas personas que las terapias “alternativas” no son necesariamente buenas para los niños con autismo a veces genera reacciones iniciales de comprensión. “Alternativo” es entendido en muchos contextos como “mejor que lo convencional”.

El problema del vacío
No podemos simplemente afirmar que algo no es verdad o no sirve. Hace falta una explicación alternativa. La gente construye un modelo mental: si quitamos un componente fundamental de su modelo, lo reconstruirá, quizá con ese mismo elemento.

¡Atención! Nadie debe pensar que con todas estas recomendaciones queremos engañar. Se trata de superar los mecanismos reactivos que impiden al público general valorar adecuadamente las ideas que les proponemos. Una vez superados los prejuicios iniciales, cada uno tomará la decisión personal de creer lo que quiera en cada caso.

Recomendaciones finales y una idea añadida
Por tanto, para contrarrestar un mito, dato falso o terapia que no vale, debemos seguir los siguientes pasos:
1. Enfaticemos los datos principales de que disponemos, no el mito.
2. Si se va a mencionar el mito, hay que advertir que la información que se va a presentar no es cierta.
3. Es necesario presentar una explicación alternativa.
4. Introduzcamos elementos gráficos o visuales siempre que sea posible.
En el caso de las teorías y temas vinculados con la Psicología, las relaciones humanas o  los asuntos más personales en general, creo que es útil introducir un caso concreto que ilustre nuestro argumento. Para muchos de nuestros destinatarios, es fundamental el “a mi me funcionó” o “conozco a alguien que”. Presentemos ejemplos de donde “no funciona” o de “alguien que conocemos al que no le resultó” también.

Un ejemplo
En el documento de Cook y Lewandowsky aparece un buen ejemplo de la aplicación de estos principios al campo del cambio climático. Para mi propia comunicación el día 30, preparé uno más adaptado a las temáticas educativas. En concreto, quería abordar la idea de que en las escuelas españolas los niños y niñas trabajan cada vez menos y tenemos un sistema poco exigente. Aquí os lo dejo para que lo valoréis como ejemplo de “propaganda”.

(1) Cook, J., Lewandowsky, S. (2011), The Debunking Handbook. St. Lucia, Australia: University of
Queensland. November 5. ISBN 978-0-646-56812-6. [http://sks.to/debunk]

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